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viernes, 1 de diciembre de 2017

Una ojeada a El laberinto de Set

Hace más de un año desde la publicación de este librojuego, que ya se ha convertido en todo un clásico del medio, y del género de Espada y brujería en general. Para conmemorarlo, nada mejor que poder echar una ojeada al comienzo de esta aventura sin igual. Y empieza así: 

El calabozo, de gruesas paredes de piedra rezumante, estaba tenuemente iluminado por un rayo de luz que descendía desde un punto indeterminado del techo abovedado. El rítmico golpeteo del agua era el único sonido distinguible en la penumbra, que cubría como una gélida mortaja a las cuatro figuras yacientes. Poco a poco, los durmientes fueron recuperando la consciencia, haciendo tintinear los eslabones de sus recias cadenas entre gruñidos y maldiciones, a medida que sus pupilas se iban adaptando a la semioscuridad. El primero en dar voz a la pregunta que comenzaba a formarse en las mentes somnolientas de los cuatro cautivos fue un hombre joven, de miembros esbeltos pero fibrosos, con el rostro curtido por el viento y el sol, ataviado con ropas de marino y luciendo una espléndida cabellera del color de la miel:
¿Qué se supone que es esto? ¿Por qué estoy encadenado a una pared, en este sucio agujero?

Lo mismo me estaba preguntando —respondió la cautiva que tenía frente a él, una mujer de felina belleza exótica, cuya piel cobriza denotaba su procedencia del continente negro, tal vez de las costas orientales, donde distintas razas coexistían y entremezclaban su sangre sin traba alguna—. Todo lo que recuerdo es que estaba a punto de proclamarme campeona de la Larga Marcha de Punt. Llevaba una buena ventaja sobre mis perseguidoras y ya solo tenía que coronar el último risco, antes de encarar el tramo final. Entonces, sucedió algo extraño: aparecieron unos pájaros gigantes con cabeza de lagarto cornudo, y uno de ellos me raptó sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Después, debí de desmayarme —añadió, no sin cierto azoramiento.
A mí me pasó algo similar —intervino una mujer de dorados cabellos recogidos en trenzas. Hablaba el nemedio con un fuerte acento nórdico, como masticando las vocales. A pesar de que estaba sentada con los brazos abrazando sus rodillas, se apreciaba el gran tamaño de sus brazos y su cuello de toro. Sin duda, se trataba de una mujer guerrera de Vannaheim—. Celebrábamos la cacería del zorro de las nieves, cuando una repentina ventisca me separó de mis hermanas. Cuando finalmente se aclaró mi visión, caí en manos de tres gigantes de hielo, iguales a los que aparecen en las sagas de mis ancestros. Hasta ese día, siempre había creído que tan solo se trataba de cuentos para asustar a los niños traviesos. Ahora sé la verdad.
Entiendo el idioma que habláis, pero no consigo adivinar el sentido de todo este galimatías —dijo un hombre de ojos rasgados, cuya piel mostraba el tono amarillento de los enigmáticos súbditos de Kithai—. Yo era el comandante de la guardia de Khumhai Khan, el poderoso Señor de la Guerra. Me disponía a pasar revista a mi tropa, después de realizar una ofrenda en el templo del Dragón, cuando dos demonios se materializaron en el aire ante mí, cogiéndome desprevenido y llenándome de deshonor. Caí inconsciente en sus garras, no sin presentar batalla, solo para despertar encadenado en esta mazmorra hedionda. ¿Alguien sabe dónde estamos exactamente?
Como respuesta a su pregunta, un ruido metálico procedente de la gruesa puerta de madera reforzada, en la que no habían reparado hasta entonces, atrajo su atención. Esta se abrió con un chirrido, para dar paso a la figura enjuta y encorvada de un anciano enfundado en una túnica carmesí, en cuyas anchas mangas ocultaba las manos. Tras él, cuatro guardias armados con picas formaban en silendio. Sus rostros cetrinos mostraban la rigidez de la muerte, con su mirada vacía contemplando el infinito. Con una sonrisa cínica que le daba el aspecto de un chacal, el anciano de cráneo pelado se dispuso a hablar:
Bienvenidos, extranjeros. Todos sois grandes guerreros, de probado valor en el combate. —Su voz pastosa y engolada destilaba malignidad, como el siseo de una cobra—. Sin embargo, debo anunciaros que al final del día, tal vez todos hayáis muerto. No obstante, uno de vosotros tendrá la oportunidad de ser el elegido para engendrar la Estirpe de la Serpiente. Pero antes, deberá probar ser digno de tal honor, superando los múltiples peligros del Laberinto de Set.
¿Qué tontería es esa? —dijo el joven marino, que por su aspecto bien podía ser un pirata de los mares del sur—. ¿Y si nos negamos?
Tal opción no está contemplada. Aquel que se oponga a los designios de Set, sufrirá una muerte lenta y agónica, digerido en vida por los jugos estomacales de una boa ceremonial. Aceptando el desafío, al menos tendréis una opción de conservar la vida... o de encontrar una muerte digna de un guerrero.
Los músculos de la mujer nórdica se tensaron como montañas, al saltar esta presa de la ira. Sin embargo, los grilletes que la retenían le hicieron caer estrepitosamente sobre la piedra. Herida en su orgullo, rugió:
¡Yo no voy a aparearme con nadie por la fuerza, como si fuera una res! ¡Antes tendrán que cortarme los brazos y las piernas!
El anciano la contempló, satisfecho, antes de aseverar:
He visto antes esa actitud, hembra. Sin embargo, llegado el caso, entrarás en razón.
¿Y si lo consigue más de uno? —inquirió la atleta broncínea—. ¿Qué pasa entonces?
Como he dicho —contestó el anciano, arrastrando cada sílaba como si las estuviese degustando—, solo puede haber un ganador. El resto, muere a manos del Laberinto... ¡o de otro competidor!


En los aposentos reales, una extraña pareja contemplaba el transcurso de los acontecimientos desde su espejo encantado. La mujer llamada Zelena, pálida como la cera, estaba sentada en el regazo de su hermano, Lord Vórtix. Ambos presentaban un gran parecido en sus rasgos anémicos, que les daban el aspecto de dos vampiros de edad indeterminada. Él, vestido con un camisón de fina seda, ricamente ornamentado, jugueteaba con los pechos de su hermana, con aire distraído.
Parece que este año tenemos una buena cosecha, Zelena —dijo él, lánguidamente.
Ya veremos, querido hermano. Nunca es fácil encontrar un buen progenitor para mi descendencia... ¡O un buen útero para tu simiente!
Tenemos que introducir sangre nueva en nuestro linaje, de lo contrario nunca podremos librarnos de la maldición que pesa sobre nuestra familia. Una nueva generación de Hijos de Set, libre de taras, nos sucederá a nuestra muerte. —Dedicó una mirada de reojo hacia la cama, donde jugueteaban despreocupadamente sus retoños. Se trataba de seis engendros retorcidos y deformes, que tan pronto caían presa de un llanto descontrolado, como reían a carcajadas sin motivo aparente. En sus babeantes bocas y sus ojos de mirada perdida se podía leer el estigma de la endogamia.
Haré que se los lleven ahora mismo, hermano mío —dijo la mujer, despojándose de sus regias vestiduras—. Jugaremos un rato tú y yo, antes de que empiece el espectáculo.

Fueron conducidos hasta un amplio espacio abierto de planta circular, rodeado de gradas ciclópeas que parecían alcanzar las propias nubes. En el centro de la arena se alzaba una construcción en forma de cruz, con puertas en cada uno de los extremos. Comprendiendo que toda resistencia sería inútil, los cuatro guerreros formaron orgullosos, preparando sus mentes para los peligros ignotos que habrían de enfrentar.
No os dejéis engañar por las reducidas dimensiones que parece tener el Laberinto de Set, guerreros —dijo el anciano, al ver las miradas de extrañeza que se intercambiaban los cautivos—. ¡Comprobaréis que su interior es mucho mayor de lo que aparenta visto desde fuera, gracias a la magia arcana del gran dios Set!
La atleta de la Costa Negra abría y cerraba los puños, blanqueando sus nudillos a cada presión. Su mandíbula orgullosa parecía decir que no iba a dejar que nada le impidiera ser la ganadora.
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El joven pirata de músculos esbeltos fruncía los labios por la tensión, sopesando sus posibilidades de ser el vencedor. Algo en su mirada parecía anticipar que no iba a ser presa fácil para el Laberinto de Set.
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La poderosa guerrera nórdica se erguía impasible, con los gruesos brazos cruzados sobre el busto generoso. Usaría sus habilidades de rastreo para hallar el camino más corto, y luego acabaría fácilmente con sus rivales.
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El oficial khitanio estudiaba a sus rivales en silencio. Confiaba en su habilidad en la lucha cuerpo a cuerpo para deshacerse de sus competidores, en caso de encontrarse con ellos en el interior del laberinto. Lo único que le preocupaba eran los peligros desconocidos que habría de superar antes de llegar hasta el final.

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