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jueves, 6 de junio de 2013

Ecos de una infancia fantástica: Ulises 31

Corría el año 1982 y las expectativas de todos los que por aquel entonces éramos niños (aunque algunos todavía lo seamos en gran medida) estaban puestas en la franja horaria que va entre las 15:30 y las 16:00h los sábados, después de comer. Era el momento en que podríamos sentarnos delante del televisor y disfrutar con los dibujos animados que TVE hubiera programado para esa temporada. Belfi y Líllibit, Los Diminutos, Dartañán y los tres mosqueperros... Pero antes de todas ellas estuvo una serie franco-japonesa que nos llevó más allá de nuesta galaxia para vivir aventuras sin par que acaparaban nuestros juegos infantiles de aquellas lejanas tardes de verano. Estoy hablando,
cómo no, de Ulises 31. Una extrapolación a un entorno de temática de ciencia-ficción del mito de la Odisea llevado a cabo con un acierto pocas veces igualado, incluso en nuestros días. A pesar de que se trataba de una serie para todos los públicos, sin duda resiste airosa un segundo visionado treinta años más tarde con unos añitos más en las alforjas.
Recordemos el argumento: Ulises acaba con el Cíclope para rescatar a unos niños cautivos, entre los que se encuentra su hijo Telémaco. Los dioses, airados, le castigan a vagar por la dimensión del Olimpo con toda su tripulación en animación suspendida hasta que sea capaz de hallar la salida en el mundo del Hades. Le acompañarán en su odisea su hijo, su robot de compañía (el inolvidable comedor de tornillos Nonó) y Thais, una niña de una raza alienígena que tiene la piel azul y cuyo hermano se encuentra inerte entre el resto de la tripulación. La serie duró veintiséis capítulos y era autoconclusiva, nunca hubo una continuación. Algunos de los episodios se han convertido en clásicos de culto por su calidad y su ambientación exquisita, como por ejemplo Les lotofages, que aquí fue traducido como Las flores salvajes o El laberinto del minotauro. Las reediciones en DVD y Youtube hacen posible revivir hoy en día la sensación de maravilla que experimentamos en aquellos días de inocencia en los que nuestra mayor preocupación era decidir a qué íbamos a jugar.

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